Reduccionismo y competencia: La fórmula del desastre

Uno de los eternos problemas ideológicos es el de la responsabilidad… por un lado están los que creen que las personas son enteramente responsables de sus actos, mientras que por otro están quienes creen que la sociedad enajena a las personas para beneficio de alguien más. Entonces nos damos cuenta que ambas opciones contienen implicaciones sombrías; si todos somos enteramente responsables entonces la pobreza es consecuencia de la vagancia; y si todos somos sujetos a la enajenación, pues por consiguiente no somos más que “perros pavlovianos”. No creo que sea posible resolver aquí el problema, pero si se puede analizar por qué el ser humano tiene una necesidad desesperada de adherirse a una sola opción, cuando lo sensato es encontrar el punto medio…

Por lo general los pensadores de derecha se inclinan por la responsabilidad individual mientras que la izquierda suele acercarse  a las tesis conductistas, aunque a veces (muy de vez en cuando) surgen pensadores como Sartre, (quien creía en la responsabilidad individual mientras se declaraba abiertamente simpatizante de los bolcheviques), pero ese es un caso aislado. Y lo interesante es que Sartre (al igual que Heidegger) planteaba además algo llamado análisis fenomenológico, que en palabras simples consiste en deshacerse de los velos culturales que cubren la realidad. Entonces es aquí donde puede encontrarse el meollo del asunto; la necesidad humana por adherirse a las soluciones más reductoras obedece a un instinto cultural de ordenamiento del caos, el mismo instinto que hizo que el juego del tetris fuera tan popular. Y si juntamos este instinto (que simplifica todo y a todo quiere dar sentido en medio de una realidad a todas luces caótica) con otro instinto humano no tan inocente: el de la competencia (que hace que demos la vida por una bandera o por un equipo de fútbol) tendremos la fórmula perfecta del dogmatismo y del fanatismo…

111220-082319

Anuncios

El legado de una lengua

El latín está en todas partes y en ninguna a la vez. Se lo utiliza cuando hablamos coloquialmente, cuando tratam111220-082319os de parecer cultos, cuando usamos jerga y hasta en el lenguaje vulgar. Y no solo ocurre esto en nuestro idioma sino en muchos otros también; por tanto podemos decir con seguridad que el latín es una lengua viva, quizá la más viva del mundo. Pero, en el sentido estricto de la frase, una lengua viva es aquella que es usada de manera íntegra por miembros de una comunidad y no como parte de otras lenguas(1); entonces, consecuentemente, tenemos que admitir que el latín es una lengua muerta.

Es de esperar entonces que, para determinar si el latín es una lengua viva o muerta, se realice una investigación sobre las normativas científicas de clasificación lingüística, pero es de esperar que la misma arroje resultados favorables a la tesis de la lengua muerta. Para sostener que el latín no ha muerto como lengua (que es la tesis sobre la cual versa el presente ensayo) se debe recurrir a argumentaciones un poco menos preceptivas; además se debe tomar en cuenta que los principios epistemológicos sobre los que se basan las ciencias normativas llevan años en crisis, y que es precisamente rompiendo estos principios que las teorías actuales crean nuevos axiomas.

Tomando en cuenta esto, se plantea que la premisa de que “la lengua que no se habla en comunidad es lengua muerta” no pierde validez, pero si importancia cuando se da paso a otro argumento que al parecer es mucho más sólido; tomando en cuenta que, culturalmente hablando el latín es muestra de erudición, que su conocimiento permite desentrañar el significado de términos desconocidos, y dado que saberlo allana el camino para hablar otras lenguas, hablar latín es actualmente una necesidad en vigencia, hay personas que saben (aunque no lo usen en comunidad), personas que aprenden y personas que quieren aprender (entre las que me cuento) esta lengua. Entonces el nuevo argumento quedaría planteado de la siguiente manera: “Una lengua está viva mientras haya interés en aprenderla”.

Claro que el simple hecho de querer aprender una lengua no implica que siga viva, la presente argumentación prevé que dicho interés sea consumado, es decir, que existan formas de aprenderla, gente aprendiéndola y que se proyecte más hablantes a futuro. Y el latín reúne estas condiciones y podríamos decir que las supera con creces, ya que actualmente siguen apareciendo términos y neologismos(2) para poder comunicarse en una lengua que supuestamente lleva muerta por mucho tiempo.

Entonces, no solo es necesario replantearse la noción del latín como lengua muerta sino también, a riesgo de parecer altisonante, los axiomas de clasificación de las lenguas. Por que obviamente el latín seguirá siendo usado por muchos años, y no es lógico que por el simple hecho de cumplir con requisitos normativos siga siendo considerado como lengua muerta. O quizá pueda ser que entre en una tercera catalogación, creada a partir de las características propias de lenguas de estudio como el latín o el esperanto  (el latín no es la única lengua con esas características, existen muchas lenguas usadas solamente para trabajo científico o ritos religiosos), pero eso por ahora es solo una idea incompleta…

1. http://elpais.com/diario/1997/10/07/sociedad/876175206_850215.html

2. http://cala.unex.es/index.html